Este jueves traemos a The End a la que muchos consideran la mejor comedia de la historia del cine: Desayuno con diamantes (DVD 2496 y 2497), dirigida por Blake Edwards y protagonizada por Audrey Hepburn en el año 1961.

Es una de esas películas cuya grandeza mítica salva barreras generacionales y eclipsa la carrera anterior y posterior de sus actores. Así sucedió con Audrey. Su papel de la frágil y contradictoria Holly Golightly la convirtió en un icono del cine y de la cultura occidental. ¿A quién no le suena su imagen elegante y glamurosa, vestida de traje de noche por Hubert de Givenchy, con el cabello recogido y sosteniendo despreocupada una larga y sofisticada boquilla?

Audrey/Holly como icono del Pop Art

Cuando se estrenó Breakfast at Tiffany’s, la actriz ya era una estrella de Hollywood (ganó un Oscar en 1953 por Vacaciones en Roma y estuvo nominada por Sabrina -1954- e Historia de una monja -1959), pero el film del que hoy hablamos le dio un reconocimiento mediático que no supera ninguno de los mejores que vendrían después (Charada, My Fair Lady, Robin y Marian). Para George Peppard, su pareja en la cinta, fue la cúspide de una carrera poco lucida, hasta el punto de que en España se le recuerda sobre todo por la ochentera serie de televisión El equipo A. En cuanto a Blake Edwards, los años 60 sin duda constituyen su mejor momento, con Días de vino y rosas, La pantera rosa o El guateque.

Holly, embelesada ante el escaparate de la tienda insignia de Tiffany’s en Nueva York, esquina de la Quinta Avenida con la Calle 57

Desayuno con diamantes es una obra que sigue conquistando adeptos, a pesar de las acusadas diferencias que hay entre el guion y la novela de Truman Capote en que se basa. Para empezar, el escritor hubiese preferido en el rol de Holly a Marilyn Monroe, quien tampoco tenía la edad del personaje original (18 o 19 años, cuando la rubia de Hollywood y Audrey superaban los 30), pero sí un físico más apropiado (“Holly no es flaca, ni es chic, ni de cara huesuda”, se quejaría). Además, el guionista George Axelrod limó las facetas más difíciles de la joven neoyorquina, que en aquella época hubieran topado con la censura cinematográfica: la Holly de Audrey no fuma marihuana, no es bisexual, ni ha sufrido un aborto. No oculta su condición de escort o chica de compañía, pero lo hace en un tono despreocupado y jueguetón, casi inocente (“Cualquier caballero le daría 50 dólares a una muchacha para el tocador. Y yo siempre pido 50 dólares más para el taxi”). Por otra parte, la trama se situa a finales de la década de 1950; en la novela transcurre entre 1943 y 1944, es decir, en plena Segunda Guerra Mundial.

Ni silbando a un taxi en presencia de Paul Varjak (George Peppard), pierde glamur Holly Golightly

Nada de esto resta interés a una historia que, en el fondo, no deja de ser un drama bajo formas de comedia romántica. Añade la banda sonora de Henry Mancini, encabezada por el inolvidable tema Moon River (ambos merecedores de un Oscar), la pericia en la dirección de Edwards y la fotografía de Franz Planer. Y comprueba el resultado, de una belleza mágica, en la famosa escena de los créditos de inicio, con Holly desayunando café y cruasán ante el escaparate de Tiffany’s en un Manhattan solitario.

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