Supón que tuvieras la capacidad de modificar una película mientras la ves. No sólo que puedas elegir entre finales alternativos, sino que realmente seas tú quien decida, en tiempo real, el desarrollo del argumento. La idea suena a ciencia-ficción, pero la puso sobre la mesa Richard Ramchurn durante la última sesión del Brain Film Festival celebrado en España entre el 14 y el 19 de este mes.

La posibilidad de que el espectador interactúe con la pantalla no tiene nada de novedosa. Lo saben bien los amantes de los videojuegos. Pero el tema ha cobrado actualidad a raíz de que Netflix emitiera el año pasado Bandersnatch, un episodio de la exitosa serie distópica Black Mirror que ofrecía cinco desenlaces posibles (300 minutos en total) según las elecciones que fueras haciendo (o bien podías no tomar ninguna y quedarte con el capítulo “normal” de 90 minutos). La experiencia suscitó la atención mediática, porque revoluciona la manera en que el espectador percibe la ficción cinematográfica, y porque, de hecho, Netflix ya había anunciado su intención de apostar por esta vía de cara al futuro… y en ello sigue.

Richard Ramchurn durante una de sus proyecciones

La propuesta que se pudo ver en el Brain Film Festival va un paso más allá. Hay que empezar aclarando que este evento es un foro de encuentro y discusión sobre la creación audiovisual, en el contexto del estudio avanzado del cerebro humano. Richard Ramchurn es un especialista en animación y director británico interesado en la conexión tecnología-cerebro y, más concretamente, en el grado de control que este último podría ejercer sobre los contenidos audiovisuales. En 2015 presentó un primer proyecto titulado The disadvantages of time travel. Ahora regresa con The Moment, otro corto (22 minutos) donde unos auriculares con sensores colocados en la cabeza captan la actividad cerebral del espectador y analizan sus reacciones para introducir modificaciones (cada seis segundos) en lo que ve y escucha.

The Moment admite 18.000 millones de variaciones posibles. Pero no lancemos las campanas al vuelo. El trabajo de Ramchurn tiene un valor más experimental que práctico, como pudieron comprobar los periodistas de El Mundo que se sometieron a una sesión. Esto no quita para que de pie a un interesante debate sobre hacia dónde se encamina el séptimo arte, sus tendencias y límites. Para un sector significativo de la audiencia, en especial para la más joven, la interacción por medios tecnológicos no supondrá un problema; al contrario, la percibirá como una bienvenida propuesta lúdica, en la que el espectador abandona su rol pasivo y pasa a tener el control activo. Para sus detractores, en cambio, supone el ocaso del cine de autor y el triunfo de una “tiranía del espectador”, incapaz de dejarse seducir y sorprender por guionistas y directores, o de concentrarse en tramas exigentes.

Al margen de polémicas, el cine interactivo es ya una realidad y todo apunta a que será el producto estrella de la programación. Por otra parte, conviene recordar que hubo voces contrarias a la irrupción del color y del sonido en los años 30 del siglo XX, esgrimiendo razones que hoy se nos antojan risibles (por ejemplo, que los diálogos desvirtuaban la fuerza expresiva del cine mudo). El tiempo demostró que se equivocaban. ¿Ocurrirá lo mismo con la senda que se abre ahora?

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