En The End rara vez tenemos espacio, ni tiempo, para ocuparnos como quisiéramos de la actualidad cinematográfica que nos toca más de cerca. Por ejemplo, para hablar de La estrategia del pequinés, la película basada en la novela de Alexis Ravelo, que se estrenó a finales de mayo y aún puedes encontrar en la cartelera; o de Hierro, la serie de Movistar+ protagonizada por Candela Peña y Darío Grandinetti. Incluso, para anunciar que mañana mismo comienza en Las Palmas de Gran Canaria (el 13 en Santa Cruz de Tenerife) un nuevo e interesante ciclo de Filmoteca Canaria, dedicado a la animación polaca.

En cambio, es imposible dejar pasar, sin un comentario, la muerte de Narciso Ibáñez Serrador. Un nombre desconocido para las generaciones más jóvenes, pero fundamental en el desarrollo de la televisión española durante los años 60 y 70 del siglo XX (antes de la aparición de las cadenas privadas, de la TV por cable y, por supuesto, de Internet). De hecho, sus orígenes profesionales van estrechamente ligados a este medio y al teatro. Primero en Argentina, y luego en nuestro país, fue un renovador de los géneros de terror y fantasía en lengua castellana. Su obra cumbre, Historias para no dormir (a tu disposición en la Mediateca) provocó en 1966 un shock cultural a la sociedad en blanco y negro de la dictadura franquista; y sus sucesivas encarnaciones (hasta 1982) lo coronaron como un maestro del suspense, un Hitchcock español. Se prodigó muchísimo menos en la gran pantalla, aunque dejó dos títulos imprescindibles: La residencia (1969) y ¿Quién puede matar a un niño? (1976). También resultó un revolucionario en una faceta a priori extraña en él que, sin embargo, lo consagraría en el medio televisivo: los concursos. El más famoso de todos, Un, dos, tres… responda otra vez, estuvo en antena durante diez etapas entre 1972 y 2004, con tanto éxito que el formato se exportó a Portugal, el Reino Unido, Alemania, Holanda y Bélgica.

Chicho y miembros el equipo de la primera etapa del mítico Un, dos, tres…

Nos ha dejado, pues, una figura clave de la TV de su época: director, realizador, guionista, actor… Y un humorista incansable, como lo prueba que el Día de Inocentes de 1981 le colase a los espectadores del espacio semanal Mis terrores favoritos, por él creado y presentado, una vieja película cómica de Abbot y Costello que parodia, precisamente, los filmes de terror.

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